Entrevista con Rebeca Lane. La memoria es un espacio de sanación

Publicado originalmente el 23 de abril de 2021 en Palabrerías.

Hablar de los movimientos feministas latinoamericanos implica hablar de las más diversas manifestaciones de un deseo de libertad, que conviven con un afán de dignificación de los pueblos originarios y no se limitan a la búsqueda del bienestar de ciertos grupos sociales. Las canciones de Rebeca Lane, cada vez más presentes en manifestaciones y discursos, son una muestra de ello, pues han ofrecido un espacio de sanación y recuperación de la memoria histórica de esta región y, en particular, de su país, Guatemala. Como ella misma lo comenta, la construcción de un lugar para sanar requiere de una ardua labor espiritual que, con frecuencia, no podría llevarse a cabo sin el apoyo de una comunidad. Ahora, con un EP recién estrenado, Llorando diamantes, y un nuevo álbum en puerta, ante un panorama de creciente violencia contra las mujeres, las letras de Rebeca Lane han cobrado una relevancia mayor. Cuando Latinoamérica duele tanto que quisiéramos olvidarnos de su nombre, surge una imperiosa necesidad por resignificar este territorio.

En esta ocasión, una videollamada me conecta con Rebeca hasta la Ciudad de Guatemala, a tan sólo unos días del lanzamiento de su nuevo sencillo Nos queremos vivas. Con la energía y reflexión que caracteriza a su revolución personal, conversamos sobre su más reciente material, la importancia de difundir la memoria colectiva a través del arte, y sobre la amplitud y diversidad de sus luchas individuales y colectivas.

Está por estrenarse el primer sencillo de tu próximo álbum, Nos queremos vivas, ¿podrías contarnos hacia dónde va esta canción y qué tono va a tener este nuevo material?

Nos queremos vivas es el primer single del disco. Escribí esta canción en un momento en el que me sentía de alguna forma abrumada. En Guatemala siempre hay feminicidios, pero hace unos tres meses hubo varios feminicidios contra niñas pequeñas, empezaron a subir mucho los números de secuestros de niñas y mujeres, entonces fue un momento de crisis. Estábamos colectivamente muy afectadas por todo esto que estaba pasando y la canción surgió en ese momento de pensar en todo este dolor que nos están causando, pero también de ver cómo nos acuerpamos las mujeres que estamos aquí en Guatemala. No sólo ha sido entre las mujeres que se autodenominan feministas, porque hay muchas mujeres que han salido a las calles a exigir justicia que no precisamente se identifican con el feminismo, pero que han estado acuerpando a las familias, que están haciendo cosas. La canción va en esa línea de pensar cómo las mujeres estamos luchando, en las calles, en marchas, estamos haciendo cosas públicas, pero también en lo privado hacemos muchas cosas: acompañamos a nuestras amigas, las escuchamos cuando están mal, vamos con ellas si tienen algún problema, acompañamos abortos. También en lo privado estamos apoyando mucho, no es algo que se hace sólo de cara al público. El 8 de marzo hicimos una marcha y un concierto, y para mí fue muy lindo ver a tantas mujeres jóvenes. Cuando empecé en el feminismo éramos muy pocas jóvenes, las feministas ya llevaban muchos años en el activismo. Ver ahora a tantas generaciones de mujeres jóvenes en la calle, junto con las que llevan muchos años, y junto con las que estamos en una generación intermedia, me hizo pensar en lo bonito que es ver cómo las luchas de otras nos han inspirado a salir y cómo ahora hay incluso niñas que están saliendo a protestar, que se sienten seguras en estos espacios y se sienten convocadas.

La inspiración va por ahí. Este álbum, que va a ser pequeño, en realidad va pensado mucho en hablar con las mujeres y con las niñas. Es algo que me he propuesto en este disco. Habla de temas como la menstruación, cómo abordarla desde un lugar de amor, de alegría, de gozo, y no como a mi generación le tocó. Yo la primera vez que oí de menstruación fue porque Saba,o una de estas marcas, llegó a dar una charla al colegio y fue súper traumático para mí, porque mi mamá nunca me había hablado de eso, ni mi abuela. Hay que empezar a romper esos diálogos y hablar con las niñas desde antes. Normalicemos hablar de algo que nos pasa a las mujeres en algún momento de nuestras vidas y hacerlo sin tabús. Aquí, por ejemplo, yo me recuerdo que mi bisabuelo vivía en el campo y tenía unos palos de níspero y no nos dejaba subirnos a jugar porque decía que iba a dejar de dar frutos. También me recuerdo que, en clases de cocina en el colegio, un colegio sólo de mujeres, nos decían que si estábamos con la menstruación no podíamos cocinar ciertas cosas, porque las claras de los huevos no iban a subir, o que se nos iba a cortar el atole o los tamales. Entonces hay que empezar a desmitificar esas cosas y hablarlo con conocimiento, que no sea algo vergonzoso que tengamos que ocultar, que no tengamos miedo a mancharnos, porque es algo normal que nos pasa a todas.

Me viene a la mente, con relación a este acompañamiento, el término “empoderamiento”, que ha sido muy usado por los medios, y que personalmente no me gusta porque siento que se aleja de los objetivos de los feminismos…

Fíjate que he escuchado mucho las críticas que se hacen a este tipo de palabras, sobre todo porque lo han utilizado muchas marcas y espacios más mediáticos, pero estando en terapia, algo que me ha gustado mucho de pensar en el empoderamiento es que yo tengo poder sobre mis pensamientos y mis emociones. Eso me gustó, porque para mí entonces el empoderamiento no tiene que ver con ejercer poder sobre otras personas, sino con aprender a conocerme a mí misma, de tal forma que yo pueda gestionar mis emociones y mis pensamientos de una forma que sea beneficiosa para mí. Obviamente creo que esto se aleja un poco de cómo se utiliza la palabra en el feminismo, pero me gusta eso de pensar que yo tengo el poder de controlar ciertas cosas. Yo sufro de ansiedad, entonces para mí es pensar que la ansiedad no puede más que yo. Depende mucho del contexto y cómo la utilizás, pero definitivamente es una palabra que ha sido usada por marcas u organismos internacionales que no hacen este tipo de reflexiones.

A lo largo de tu carrera has contrastado la memoria histórica y colectiva con la historia oficial, la que niega represiones, genocidios y otros episodios de violencia, ¿cómo ha sido tu proceso al plasmar esta memoria histórica por medio del arte?

Yo empecé en el activismo por la memoria histórica más o menos a los quince años, muchísimos años antes de empezar a cantar. En mi familia, la hermana de mi papá fue detenida y desaparecida por el ejército en 1981 u 82, cuando estábamos aquí en guerra. Entonces, las primeras movilizaciones políticas en las que participé tenían que ver con estas reivindicaciones.

El 30 de junio es el Día del ejército, ese día salía el ejército y desplegaba todas sus armas y militares. Nosotros éramos un grupo de setenta o cien personas que íbamos con imágenes de los rostros de los desaparecidos, con claveles, con música y tambores a interrumpir ese acto. Incluso algunos años empecé a ir sobre cuarteles lejanos del público, también nos íbamos a meter, era muy joven y no le tenía miedo a nada, jajaja. Pero aparte de estas acciones más directas, se trabajaba mucho a través del arte, de la pintura, de la poesía, entonces para mí el abordaje de la memoria tiene que ver con esto, porque además es simbólica. La memoria colectiva es simbólica, pasa por ver esos rostros en las calles, gritar sus nombres, recordarles, y yo creo que ésa es la construcción de la memoria colectiva. El arte es una de las formas de crear memoria. Si me voy a escuchar las canciones que escribí hace ocho o nueve años, o poesía que escribí en aquellos años, eso habla de la memoria de ese momento histórico en el que yo estaba escribiendo. El arte siempre ha sido uno de los medios a través de los cuales cultivamos la memoria de los pueblos, y ahora también la memoria de las mujeres.

La música feminista, el rap hecho por mujeres, o la música que estamos haciendo las mujeres está creando memoria de este momento que nos está tocando vivir, que lamentablemente es un momento de mucha violencia y de mucha desesperación. A través de estas formas artísticas de expresarnos, muchas encontramos un alivio para la angustia que nos genera todo lo que estamos viviendo. El arte tiene muchas funciones: en un primer momento guarda el relato, pero también emocionalmente es un apoyo. Escuchar las canciones en las marchas habla de lo simbólico en que estas expresiones artísticas se han convertido para la espiritualidad y emocionalidad de lo que nos está llevando a las calles.

Aquí en México cada vez es más frecuente ver carteles con letras de tus canciones en marchas o escuchar tus canciones en las calles, ¿qué te hace sentir eso?

La última del 8 de marzo estuvo preciosa porque me mandaron videos de chicas que, con un megáfono, ni siquiera tenían la canción, se ponían a cantar y otras chicas coreaban. Es precioso, la verdad es indescriptible.

El video de Kixampe se hizo en un lugar que tiene mucho que ver con la memoria colectiva, Paisajes de la memoria, ¿qué representó para ti cantar desde ese lugar?

Para mí es un lugar muy espiritual. A pesar de ser un lugar en el que ha habido tanto dolor, creo que precisamente la comunidad, CONAVIGUA, que es la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala, ha trabajado mucho por la recuperación de la memoria y dignificación de las víctimas en el área de Comalapa. Han hecho una labor espiritual muy fuerte. Este lugar, ancestralmente, ya era un cerro al que se llevaban ofrendas y se hacían ceremonias, y luego fue un lugar en el que se instaló un destacamento militar. Todo el trabajo que han hecho las mujeres y la comunidad en términos de la conformación de este espacio como un espacio de memoria es algo que sentís cuando ponés los pies ahí. Llegás al lugar y no sentís el dolor y la tristeza, sino que sentís la dignificación de las personas cuyos restos están descansando ahí.

Además, Sara Curruchich es de Comalapa, entonces era un lugar en el que sentíamos la apertura de poder grabar un tema como éste y hablar de la importancia de estos espacios para la sanación, porque siendo países en los que esta violencia nos ha atravesado de formas tan fuertes necesitamos lugares para la sanación. La espiritualidad, creo yo, es algo que desde una visión occidental hemos abandonado mucho, en las ciudades, las personas que hemos sido desindigenizadas, que hemos perdido esa conexión con los territorios. Hemos perdido mucho esa capacidad de generar espacios de espiritualidad para la sanación. En ese lugar se siente mucha paz a pesar de todo lo que se ha vivido, pero es una paz que se ha trabajado. Además, es un trabajo que ha sido fuerte, porque ha sido producto de enfrentarse directamente al ejército, de hacer esas exhumaciones. La búsqueda de esos espacios de espiritualidad no ha sido pasiva, ha sido enfrentándose al poder y de una forma muy activa. A veces se piensa en la espiritualidad como un estado ohm, pachamámico, que alcanzás a través de ingerir enteógenos, pero no, la verdad es que es algo que hay que trabajarlo, y no sólo a nivel colectivo sino también a nivel individual. Para poder alcanzar un espacio de sanación hay una lucha que requiere mucho trabajo y mucho compromiso. Admiro mucho eso porque es de los pocos espacios que existen en Guatemala donde se ha hecho un esfuerzo como éste.

Hace unos días vi que el fragmento de Kixampe que dice “Nos tomamos las calles porque son nuestras, ni de Piñera ni Maduro ni de Ortega” había causado cierta controversia, ¿por qué decidiste incluir a estos tres personajes en la letra?

Para mí, que crecí idealizando muchísimo la izquierda y las luchas de la izquierda, tanto en mi territorio como en otros territorios, fue de repente darme cuenta de que ciertos proyectos que tienen un discurso progresista, antiimperialista, de lucha por la vida, eventualmente se convierten también en opresores y en espacios dictatoriales. Se convierten en lo que juraron destruir. Eso, en términos ideológicos, cuando uno tiene muchas esperanzas puestas en estos procesos, es bastante desesperanzador. Creo que hay un sector de la izquierda muy trasnochado que prefiere continuar con este relato de idealización y poner a estos personajes como que son inmaculados. A mí me da un poco de risa porque al final son izquierdas que durante los setentas y los ochentas se mofaban mucho de ser ateas, pero que han construido alrededor de este tipo de personajes precisamente una deificación y una martirización, “es que eran tan perfectos, y los proyectos que hicieron son para el pueblo”. Se les pone a seres humanos unas características que no son reales, y en este sentido llegan a justificar sus acciones.

En el caso de Nicaragua, que además es un caso que tenemos aquí a dos o tres países nomás, quizá la realidad venezolana nos es un poco más lejana geográficamente, pero Nicaragua está pasando aquí al lado nuestro, se justifica y se dice “sí, bueno, el gobierno de Ortega y Murillo está matando gente, está desapareciendo gente, pero es gente que está financiada por el imperio y por agencias internacionales, y quieren desestabilizar un bastión de la izquierda en América Latina”. Esa incapacidad de ser críticos es lo que tiene a la izquierda en permanente crisis, junto con su machismo. La figura de Ortega, desde hace muchos años del movimiento feminista, se sabe que fue un pedófilo violador de su hija, sin embargo, la izquierda siempre lo tuvo como un bastión. Y luego, frente a todo el mundo, es que ya devela la cara de quién es. Sobre todo, el movimiento feminista y el movimiento campesino en Nicaragua, mucho antes del 2018, ya estaba viviendo una represión brutal por parte de este gobierno. Fue en este gobierno, por ejemplo, que se supone que era socialista, que se penalizó el aborto, y fue un gobierno de derecha el que lo había despenalizado.

Entonces, para mí, ponerlos ahí tiene que ver primero con darle dignificación a los testimonios, a lo que el pueblo nicaragüense y el pueblo venezolano están viviendo, en términos de estar viviendo bajo estos gobiernos de izquierda que no respetan en absoluto los derechos humanos, ni la vida, ni las necesidades de los movimientos sociales. Y también es ponerlos al lado de otros gobiernos como el de Piñera, el gobierno chileno, que abiertamente es de derecha. Esta canción fue escrita en 2019, pero salió hasta ahora, y pudimos haber puesto el nombre de cualquier otro presidente de la región que ante los levantamientos populares utiliza la represión, el asesinato, los presos políticos, como una forma de desmovilizar. En términos de mi historia personal también es importante nombrar que hay gobiernos izquierda que también son represores y que también están negándole la voz a la gente, no es sólo la derecha. Hay que quitarnos esa venda de los ojos que nos hace pensar que todo lo que es de izquierda es perfecto, porque no lo es, y se necesita mucho trabajo.

En México comienza a pasar algo similar, no en la misma magnitud que en Nicaragua o en Venezuela, pero ciertamente ha habido esbozos de esta falta de crítica en la izquierda …

Por ejemplo, está el Tren Maya. El Tren Maya es una imposición de un modelo extractivista en una de las pocas selvas que se continúan salvando y que son territorios libres de muchas cosas. Ése es un proyecto que se aleja muchísimo de lo que supuestamente el gobierno de AMLO representaba, por lo que mucha gente lo votó. Este tipo de modelos extractivistas es lo que ha hecho que muchos gobiernos llamados de izquierda en la región develen que realmente son otro tipo de capitalismo con otro tipo de discursos. El modelo extractivista es la base del capitalismo, y la mayoría de los gobiernos de izquierda en América Latina está replicando ese modelo, también en Bolivia y en otros territorios donde supuestamente se están buscando otras cosas.

Para tu EP Llorando diamantes, resignificaste la leyenda de la Tatuana, ¿cómo fue ese proceso de hacer tuya esa historia?

La Tatuana, para mí, desde pequeñita, fue una historia que me encantó, que me fascinó muchísimo. Según me han dicho, allá [en México] se conoce la historia de la mulata de Córdoba, que me han dicho que es muy parecida a la historia de la Tatuana, pero yo no la conocía, la verdad. Pero para mí era fascinante que una mujer pudiera dibujar un barco y salirse y escaparse de la cárcel y de la muerte a través de eso. Claro, una se va dando cuenta de que este tipo de relatos está mediado por tradiciones conservadoras y patriarcales. Al volver a leer ese tipo de leyendas te encuentras con que era una mujer mala, que era bruja, que hacía embrujos, y entonces la condenaron a muerte, que era una mujer que tenía pacto con el diablo y que por eso dibujó el barco y se fue. Con el tiempo me di cuenta de que esta historia provenía de unos relatos bastante misóginos. Entonces mi idea era cómo darle la vuelta a este personaje que a mí me fascina y pensar en una mujer poderosísima que tiene la capacidad de dibujar un barco e irse del cautiverio, y agregarle esta otra parte y pensar simbólicamente en lo que eso significa, pensar en los distintos cautiverios que las mujeres vivimos y cómo escapamos de ellos de muchas formas. Pensé en esta figura de una mujer fuerte que curaba con plantas, que tenía poderes y que por eso fue condenada, pero que también al escapar de esa cárcel en la que la pusieron ha ido salvando a otras.

Cuando una ve una mujer libre, una se inspira y dice “si ella pudo escapar de esa cárcel, seguramente yo también voy a poder”. Fue darle la vuelta a esa historia al pensar qué es lo que a mí me había fascinado de ella cuando era niña. Yo nunca la pensé como una mujer mala, en realidad, fue la sociedad la que la convirtió en una mujer mala. Rescatemos esa historia y tratemos de darle otro sentido.

¿Consideras que tu activismo feminista se podría definir como decolonial o que se puede definir con algún otro término?

Siento que últimamente hay muchas peleas por las etiquetas, en términos de “el verdadero feminismo es éste”. Mi reacción ante ciertos grupos que quieren agarrar el feminismo para sí y decir “sólo sos feminista válida si hacés esto o si pensás esto, o si tales son tus enemigos” me ha hecho pensar que, si tanta disputa tienen por el feminismo, si tanto quieren ser ustedes la sujeta máxima de opresión de todas las opresiones, pues quédenselo. Realmente mis luchas son más amplias que eso. El feminismo es una de las luchas que tengo, pero no es la única que tengo que dar ni que quiero dar. Estamos en una crisis mundial por la forma en que nos hemos relacionado con el ambiente, en una crisis por el extractivismo, y para mí la lucha tiene que ser mucho más amplia que sólo ver por mí y por cuáles son mis opresiones. Para mí es importante luchar por los derechos de todas las personas, para que seamos felices y vivamos en plenitud nuestra vida, sin discriminaciones, sin pobreza, y que podamos vivir en armonía con nuestro entorno, que busquemos formas de vivir que no sean extractivistas.

Muchas veces el feminismo no llega ahí, sobre todo el feminismo más urbano, que es el ambiente en el que yo he vivido y me he desarrollado toda la vida. Claro que hay propuestas feministas que son mucho más amplias en este sentido, por ejemplo, el feminismo comunitario territorial aquí en Guatemala, o el feminismo comunitario en Bolivia, que plantean estas grandes luchas y al feminismo siendo parte de esas grandes luchas, pero son mujeres que están en comunidad, que son de pueblos originarios. Yo soy mestiza de la ciudad sin experiencia comunitaria, entonces no puedo más que sumarme a estas otras luchas. Pero si el feminismo va a ser tener que cumplir con una serie de requisitos para ser válida, pues que se lo queden, yo voy a seguir luchando por lo que creo.

Siento que las etiquetas o la autodefinición son importantes en el sentido de que planteas desde dónde partes. Por ejemplo, el feminismo decolonial que mencionabas, tiene origen en ciertas teóricas que tienen una postura política respecto a la colonialidad de los feminismos occidentales. No creo que el hecho de que te nombrés de cierta forma tenga que causar una división. Son ciertos feminismos los que, a través de su autodefinición, quieren excluir a otras corporalidades, no sólo a otras experiencias, como las personas trans, sino también si tú eres una mujer heterosexual o que quiere disfrutar de la maternidad o lo que sea, también estás fuera, porque eres sirvienta del patriarcado. No todos los feminismos que parten de una autodefinición muy concreta tienen esa práctica de dividir o de excluir, pero hay algunos que sí. Desde mi experiencia, no te podría decir “yo soy decolonial”, porque creo que las mujeres que son de esta corriente decolonial han tenido aportes teóricos muy específicos y una experiencia de vida muy particular en la que no hay esa disputa de “si no sos como yo, no sos feminista”. No creo que sean todos los feminismos los que lo replican, y sí creo que es importante nombrar desde dónde vienen y dónde están ciertas experiencias como el feminismo comunitario territorial, que dice “mira, nosotras venimos de la comunidad y para nosotras es igual de importante la lucha por el territorio-vida que por el territorio-cuerpo”. Esas autodefiniciones dan potencia a este tipo de experiencias situadas desde los feminismos, pero en la ciudad, desde donde una está, creo que son otras definiciones las que han estado ganando terreno y precisamente son las que están excluyendo a otras experiencias, al punto de decir que el feminismo antirracista no es feminista porque está defendiendo hombres.

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