La cuestión es moverse: Margarita Manso: más que musa, pionera del sinsombrerismo

Publicado originalmente el 13 de abril de 2021 en Palabrerías.

Hace unos días leía el imprescindible libro de Ian Gibson Lorca y el mundo gay, en el que el hispanista ahonda en lo esencial que resulta el tema de la homosexualidad tanto en la vida como en la obra de Federico García Lorca, cuando mi atención se detuvo en un nombre en particular: Margarita Manso. Y es que su presencia en una intensa anécdota relatada por Salvador Dalí, y retomada, evidentemente, por Ian Gibson, no sólo me causó asombro, sino que me motivó a conocer la vida de esta artista, más allá de ese episodio.

Dalí relata que Lorca deseaba tener un encuentro sexual con él, pero el pintor, incapaz de satisfacerle, halló en la joven Margarita Manso, artista formada en la Real Academia de San Fernando, una sustituta para dicho acto. Era 1926, en un Madrid que comenzaba a abrirse al arte de vanguardia. Ian Gibson transmite más de lo narrado por Dalí:

Añadió que era una chica muy joven, muy delgada, guapísima y sexualmente muy liberada, con un cuerpo casi de chico, de poco pecho. Según me aseguró, Margarita estaba fascinada tanto con él como con Lorca, quería estar siempre con ellos, y aceptó sumisa, aquella tarde, sustituirle en el “sacrificio”.

Indudablemente se trataba de una artista libre, cuya convivencia con los susodichos era estrecha. Dalí afirmó que este suceso representaba la primera vez que Lorca intimó con una mujer, y muy probablemente sería la única. Las características físicas de la pintora resultaban perfectas para que Lorca se sintiera a gusto con el encuentro, situación que, aunque se remarque la amistad que había entre los tres, limitó a Margarita en aquella ocasión a ser objeto de deseo. Finalmente, el poeta terminó dedicándole “Muerto de amor”, de su Romancero gitano. Sin embargo, la narración de Dalí revela, a pesar del deseo de liberación sexual de Manso, una realidad aplastante: Margarita era vista como una musa de primera y una artista de segunda. Lo confirma el repelente y violento comentario que el escritor José María Alfaro le compartió a Ian Gibson: “Era encantadora, era adorable, era, mira, la veías y daba a uno ganas de violarla […] Todos nosotros teníamos nuestros sueños eróticos con ella”. La necesidad de liberación del yugo opresor del patriarcado en el ámbito artístico debió ser para Manso abrasadora.

Pareciera que el episodio con Lorca y Dalí no ha hecho más que desviar la atención de su ya de por sí desestimada obra. Se trata de una manera más de nombrar a una artista en función de su relación y experiencias con varones, que la convirtieron en una de las principales musas de la época. Era una mujer de escándalos, de polémicas rebeliones y de objetivos ambiciosos cuya voz ha sido acallada al paso de los años por la polémica que significó su encuentro sexual con el poeta granadino.

Hemos conocido la historia de la Generación del 27 desde la perspectiva masculina, y apenas con aisladas menciones a un grupo tan revolucionario como las Sinsombrero. Las Sinsombrero fueron un grupo de artistas que reivindicaron en España el papel de las mujeres en la vida cultural durante las décadas de 1920 y 1930. El grupo debió su nombre al acto de rebeldía, protagonizado por Margarita Manso, Maruja Mallo, Salvador Dalí y Federico García Lorca, que significó despojarse de sus sombreros, símbolos de recato y represión, ante los paseantes de la Puerta del Sol, lo que ocasionó que les arrojaran piedras. Es tal la invisibilización de las mujeres artistas de la época que en una rápida búsqueda por el internet pude advertir que prácticamente no hay registro de la obra de Manso, pero sí de su papel como musa, pues aparecen fotos y retratos de ella realizados por otros pintores, así como menciones al citado romance que Lorca le dedicó. Se enuncia como pretexto para esa falta de documentación el estallido de la Guerra Civil, que la explica parcialmente, sin embargo, la guerra llegó para todos, no sólo para Margarita, y no ha evitado que se conozcan cientos de registros de la vida y obra de sus colegas masculinos. Sea como sea, la obra de Manso no llegó hasta nuestros días, pero sí su insistencia por conseguir su emancipación del sistema por medio del arte.

La vida sentimental de Margarita, según se sabe, fue bastante complicada, sobre todo a raíz de la Guerra Civil. Se conoce su matrimonio en 1933 con Alfonso Ponce de León, artista interesado por las vanguardias cuya ideología no era compatible con la de Manso, quien sería asesinado al inicio de la guerra. Ponce de León también vería en Margarita Manso más a una musa que a una artista, por lo que el espíritu revolucionario de la artista continuaría en declive al no encontrar respaldo en su entorno. No obstante, no sería sino hasta su segundo matrimonio, esta vez con el doctor Enrique Conde Gargollo, quien respaldara la dictadura, que la rebeldía de Manso pareció verse sepultada para siempre. Llegó una crisis en la que la depresión por la pérdida de su primer marido y de su querido amigo Lorca, así como por rodearse con los horrores de la guerra, fue más intensa que sus ideales. En sus últimos años, enferma de cáncer, se convirtió en “la esposa”, “la madre”, “la mujer de hogar”, una antítesis de su juventud rebelde.

La historia de Margarita Manso es una historia de resistencia ante lo que de ella esperaba la sociedad. Conocida también es la anécdota en la que Maruja Mallo y Margarita se visten de hombres para poder entrar al monasterio de Santo Domingo de Silos. Manso pasó por una travesía que culminó en la desesperanza de la posguerra, pero que dejó tras de sí un anhelo de libertad. Margarita Manso fue una mujer provocadora que no se dejó someter por lo que la sociedad imponía a su condición de mujer. Lo que la historia le ha hecho, al borrar su carrera como artista y restringirla a su papel como musa, es un reflejo de una sociedad patriarcal que prevalece hasta la actualidad, pues han sido nulos los esfuerzos por reivindicar su legado.

Todas hemos tenido días en los que nuestras ansias por transformar el mundo se ven eclipsadas por un entorno de violencia hacia las mujeres, de falta de reconocimiento y de cuestionamientos absurdos hacia nuestras exigencias. Es en esos momentos cuando, como Margarita Manso lo hizo como sinsombrerista, el respaldo de compañeras con los mismos anhelos se vuelve fundamental. La mala fortuna de vivir una juventud enmarcada por una guerra en ciernes, así como por una sociedad que decidió dejar su obra en la oscuridad, impidió que las Sinsombrero dejaran un legado mayor y crearan su arte a partir del acompañamiento, como parece que era su objetivo. Quitarse el sombrero, en los años veinte, era dar la oportunidad a las ideas para que volaran con libertad y sin límites, así como encontrar fuerzas en la convivencia con otras artistas que decidieran hacer lo mismo. Seamos, pues, sinsombreristas.

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